El día siguiente, Jesús fue a la región de Galilea.
Halló a Felipe, y le dijo: “Sígueme”. Simplemente “Sígueme”. Nada de ofertas,
promociones, o promesas. Pero las sencillas órdenes de Jesús, entonces como
hoy, llevan en su vientre el poder para cambiar el mundo.
También Felipe era de Betsaida, y pronto halló a
Natanael y comenzó su primera labor como evangelista:
- Hemos
hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a
Jesús, el hijo de José, de Nazaret.
- ¿De
Nazaret puede salir algo de bueno?
- Ven
y ve.
Entonces como hoy, la invitación a conocer a Jesús está
abierta para todos: Ven y ve. Dios quiere que tengamos nuestra propia
experiencia con Él; no la experiencia de otro. Pero no hay manera de tenerla si
no vamos y vemos. Dios no le teme a nuestro escepticismo. Él no necesita que
creamos en Él; somos nosotros quienes necesitamos creer. Cuando Jesús vio a
Natanael acercarse, comenzó a conversar con él:
- Aquí
viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
- ¿De
dónde me conoces?
- Antes
de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había
visto.
- Maestro,
¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!
- ¿Lo
crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver
aun cosas más grandes que éstas! Les aseguro que verán abrirse el cielo, y a
los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.
Esto es lo que sucede nos acercamos a Jesús con un
corazón abierto: Él personalmente nos maravilla. Nos sorprende darnos cuenta de
que el Creador de todo el universo realmente sabe todo acerca de nosotros y que
está pendiente de nuestros asuntos. Y por si eso fuera poco, ¡quiere que
entremos en sociedad con Él! A pesar de conocer nuestra pequeñez, nos invita a
participar de Su grandeza.
Estos primeros discípulos no habían visto a Jesús hacer
ningún milagro aún, pero lo seguían sobre la base de sus palabras y lo que
producían en sus espíritus. Cuando se celebraron unas bodas en Caná de Galilea
tres días más tarde, allí estaba María la madre de Jesús. También fueron invitados
Jesús y sus discípulos.
La boda marchaba como cualquier otra. La bendición,
la comida, la bebida, el barullo… Todo era gozo y alegría hasta que se les
acabó el vino. Probablemente María era pariente de los contrayentes, porque se tomó
muy a pecho resolver el asunto. Y resolver el asunto significaba ver que Jesús
resolviera el asunto.
- No
tienen vino.
- Mujer,
¿eso qué tiene que ver conmigo? Todavía no ha llegado mi hora.
Sólo recuerdo cuando era niño y mi mamá me ponía a
hablar inglés delante de la visita para que vieran que podía. Yo sabía que
podía. Mi mamá sabía que podía. ¿No era eso suficiente? María, ya sabes que
Jesús es el Hijo de Dios y que tiene poder para hacer milagros, ¿no es eso
suficiente? Si Jesús hizo un milagrito doméstico el día que no había para la
cena, ¿tienes que alardear delante de los primos, María? Ubícate, María, Jesús no
es tu hacedor de milagros personal.
Pero así como mi mamá sabía que yo terminaría
hablando en inglés para la visita, María sabía que Jesús terminaría resolviendo
el problemita del vino. Y así como yo terminé hablando en perfecto inglés para la
visita, Jesús terminó convirtiendo el agua en el mejor vino que se sirvió en la
fiesta. ¡Ambas nuestras madres estaban tan orgullosas!
- ¿Viste
a mi muchachito, Ofelia? ¡Yo te dije que es divino!
- Oh,
sí… (hic) ¡Sírveme otra copa!
A muchos cristianos evangélicos nos ofende cuando
alguien mete licor de contrabando a nuestras bodas, pero en Caná de Galilea fue
el mismo Jesús quien produjo más alcohol para una fiesta donde ya se habían
terminado toda la bebida. No entiendo por qué tuvo que ser ese el primer
milagro de Jesús, pero lo cierto es que fue así como manifestó su gloria. Con esto,
sus discípulos creyeron en él. Entre ellos, Simón Pedro. Creyeron en él al
menos lo suficiente como para bajar todos juntos a Capernaúm por unos días.

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