Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.
Ap. 2:17
¿Qué es un nombre? Es el sonido que usamos para presentarnos, y luego la
gente repite para referirse a nosotros. Nuestro nombre nos identifica. Si cerramos nuestros ojos y pensamos en el nombre
de nuestra mamá, la mente traerá de la bodega una
serie de imágenes y sentimientos relacionados con ella – de cálida ternura o de
escalofriante terror, según sea el caso.
Todos recibimos un nombre al nacer. Nuestros padres nos nombraron como mejor les pareció porque, al menos en cierta forma, les pertenecíamos. Muchos padres se reservan el derecho de darle dos nombres a sus hijos; uno decente para ser usado universalmente, y uno tan horrible que cuelga sobre la cabeza del niño como una amenaza eminente: Si me desafías, te llamaré por tu segundo nombre delante de tus amigos para tu eterna vergüenza.
Nombrar a alguien es una manera de decir: Eres mío. Cuando mis hijos
recibieron un cachorro como obsequio de su tía, vi su pequeñez y su fragilidad. Dadas sus escasas probabilidades de llegar a ser muy grande, quise darle un nombre que elevara su autoestima. Se me antojó llamarlo Sansón. Pero mis hijos lo llamaron Pepito.
Con eso quedó demostrado que eran ellos los dueños del perro (aunque nunca pagaron
el concentrado). Interesantemente, mi cuñada había querido llamarlo Pepe, pero cuando lo regaló a sus sobrinos, perdió todo dominio sobre
el perro y su destino. Cuando mis hijos lo renombraron Pepito, en esencia estaban diciendo: Ya no perteneces a tu dueña
anterior; ahora eres nuestro. (El hombre grande de la casa pagará tu comida.)
Cuando conocí a Abbie, me presenté como Arquitecto, y por un tiempo ella me llamó así.
A medida que entramos en confianza, comenzó a llamarme por mi primer
nombre: Elías. Pero pronto se apropió de mí, y me cambió el nombre a Amor - presumo que porque le inspiraba cariño, ternura y afecto. Diecisiete años, una boda y tres hijos más tarde, ese sigue siendo para ella mi nombre. Excepto cuando está
enojada conmigo; entonces me vuelve a llamar Elías. El mensaje implícito es: Has hecho algo que Amor nunca haría; te estás comportando como el pandundo de hace diecisiete años. No que ella me llamaría Pandundo, pero yo sí llamaría así al Yo de 1998.
Pero esa es una historia para más tarde.
Pero esa es una historia para más tarde.

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